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Los países que exportan productos
alimenticios enfrentan en estos días una misma disyuntiva a lo largo y
ancho del planeta: imponer límites a sus ventas al exterior y resistir el
enojo de sus grupos propietarios, o liberar el sector externo y enfrentar
las protestas de los sectores populares por el encarecimiento acelerado de
los alimentos, el famoso fenómeno de la agflación (*).
En un país como la Argentina, donde la inflación y las protestas sociales
decoraron la caída de dos presidentes y la inflación ayudó a consolidar
procesos regresivos de distribución del ingreso, no cabe duda de qué tiene
que hacer cualquier gobierno que no sea suicida.
En las últimas semanas, en la Argentina se organizó un lockout contra el
anuncio de retenciones móviles, una protesta que contó hasta con el apoyo
de algunos de los beneficiarios de la medida que los indignaba, como
grupos de las clases medias urbanas. En el mismo momento, en otras partes
del mundo, el traslado directo del precio internacional de los productos
primarios al mercado interno provocó una ola de levantamientos en protesta
por la inflación: en Haití (un importador neto) las protestas dejaron
cuatro muertos. En el último mes, las protestas en Egipto, Costa de
Marfil, Mauritania, Mozambique, Senegal, Uzbekistán, Yemen, Bolivia e
Indonesia tuvieron el denominador común de reclamar una baja en el precio
de los alimentos. En Camerún, la represión a las marchas contra los
aumentos de precios costó cuarenta vidas.
La “escasez” de arroz es sin duda uno de los ejemplos más perversos de
este proceso: la producción exportable llega a Europa y Estados Unidos a
precios altos que aún pueden ser absorbidos por esos mercados, pero en los
supermercados de los países productores el mismo precio deja las góndolas
llenas de paquetes de arroz y a los potenciales consumidores con sus
carritos vacíos.
La ONU advierte que la pobreza generada por el aumento del precio de los
alimentos puede generar una crisis política global. El titular del Banco
Mundial, Robert Zoellick –insospechado de todo progresismo, mucho menos de
kirchernismo alguno– dice que el resultado inmediato es un aumento de la
pobreza urbana como no se ve desde hace décadas. A Zoellick (y a muchos
otros) le preocupa lo que parece ser un hecho consumado: en muy poco
tiempo, a los países desarrollados se les puede acabar el maná milagroso
de los alimentos baratos, como hace un tiempo ocurrió con el petróleo.
Para contener la inflación provocada por el aumento del precio
internacional de sus productos, China, Vietnam, India, Camboya y Pakistán
optaron por lo mismo que el gobierno en Buenos Aires: aplicar retenciones
a las exportaciones y recortar (o suspender por completo) las ventas al
exterior de algunos productos como arroz y café, para aumentar la oferta
interna y contener la inflación. Todo esto sin haber llamado a Cristina
Fernández ni a Martín Lousteau. Si uno es muy obstinado, puede suponer que
lo único que les interesa a esos países es acumular dinero y aniquilar a
sus productores para favorecer redes clientelares, que ninguno
redistribuye, que el problema de la inflación no existe, o que sólo es
consecuencia de que el kirchnerismo es malo y derrochón.
Con un poco menos de tozudez, a cualquiera le quedan claras dos cosas: 1)
que el problema de la inflación es mundial, es urgente, avanza rápido,
carcome las economías de los países exportadores de productos alimenticios
y pone en tensión a sus sociedades y, 2) que las retenciones y límites a
las exportaciones son dos de las pocas herramientas que el Estado tiene a
mano para resistir el doble acecho de las ganancias de sus elites y las
presiones del mercado global, una tenaza que oprime las entrepiernas de
los gobiernos y la distribución interna de los recursos, el excedente y
los alimentos.
Cuando se incluye en la foto la presión del mercado mundial –que tiende a
igualar globalmente los precios internos de las economías– se descartan al
menos tres de las ideas más obtusas que circulan en la Argentina, y que
asumen como realidad las fantasías de café en las que inscriben el
conflicto con el agro.
Una es que la “necesidad de recaudar” se saciaría si el Estado mejorara el
cobro de, por ejemplo, el impuesto a las ganancias, algo que no ayudaría
en nada a contener el precio de los productos alimenticios (lo cual no
quita que, aparte, el Gobierno debería ser más eficaz en cobrar dicho
impuesto).
La otra es que la voracidad por recaudar sólo sirve para “agrandar el
Estado” y financiar “redes clientelares”, como si éstas no fueran, aun en
su modo cuestionable, herramientas de redistribución del ingreso, y como
si en Europa y Estados Unidos los beneficios del Estado de Bienestar los
hubieran repartido San Pedro y San Pablo y no los funcionarios de turno a
los que les tocó en suerte la tarea (lo cual no quita que el Gobierno
debería avanzar hacia formas universales de garantizar el ingreso
ciudadano).
Y la otra es que el lockout no habría existido si el Gobierno hubiera sido
más preciso en el diseño de las retenciones y hubiera excluido a los
pequeños productores, sobre la base de la idea ingenua y reaccionaria de
que la distribución progresiva de ingresos es una cuestión de
gerenciamiento y de que se pueden afectar los intereses de los productores
agrarios y al mismo tiempo contar con su aplauso (lo cual no quita que el
Gobierno podría hacer una lectura fina de la realidad social de ese sector
productivo antes de darle forma definitiva a una medida).
En ese contexto, parece más que razonable la opción de aplicar las
retenciones y, con otras medidas (subsidios a los combustibles, promoción
de ciertos grupos industriales), tratar de contener una alianza social
amplia aun a costa de moderar el efecto redistributivo. En verdad, el
mayor riesgo para la Argentina es que, como un espectador marginal de la
economía mundial, la presión de los precios internacionales se haga
incontenible, el aumento del precio de los alimentos no pueda compensarse
con los salarios, y el Gobierno pague al mismo tiempo los costos de las
retenciones y los costos de la inflación, un panorama que afectaría mucho
más que el futuro de una administración.
El Gobierno tiene una enorme cantidad de espacio para mejorar en cuanto al
impacto de su gestión política y económica sobre la inflación. Pero aun si
todas sus medidas fueran correctas, Moyano limitara las demandas
salariales como la socialdemocracia de la posguerra y D’Elía adoptara los
modales de Alberdi como le reclaman muchos espantados por la irrupción
pública de la tensión social, aun después de todo eso, en el centro de la
mesa seguiría estando el problema de la inflación y la necesidad de
aplicar retenciones para evitar que el aumento de los precios
internacionales impacte en la calidad de vida de los sectores populares.
Articulo publicado en ©
Agflacion (neologismo)(*)
Se le conoce como agflación a una combinación de “agricultura” e
“inflación” y es aplicado a los altos y continuos aumentos en los precios
de los alimentos en todo el mundo. Exactamente lo que está ocurriendo en
la actualidad. El creador de esta palabra es el economista Hill Jamieson.
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